San Diego –

Un niño de seis años llora en la parada del autobús de su escuela y le pide a su madre que le prometa que no va a desaparecer de nuevo. Otro pequeño se despierta gritando de noche.

Las familias que fueron separadas en la frontera entre EE.UU. y México por el gobierno de Donald Trump y luego se reunieron muestran profundos traumas y quieren que el Gobierno pague por sus tratamientos psicológicos.

Una demanda colectiva radicada esta semana pide una compensación económica no especificada y la creación de un fondo para costear los tratamientos psicológicos de más de 2.000 menores que fueron separados de sus padres al ingresar a EE.UU.

Varias familias dijeron que los jubilosos reencuentros que hubo cuando el Gobierno dejó sin efecto la política de separar a padres e hijos que ingresaban al país ilegalmente dieron paso a jornadas tormentosas al reanudar sus vidas, ya sea en EE.UU. o en los países de los cuales intentaron emigrar. Aseguran que tanto los niños como los padres quedaron traumatizados por sus odiseas.

Los pequeños quedaron nerviosos, desobedientes, irritables y temerosos de la escuela, según indicaron los padres. Sufren pesadillas constantes. Lloran por cualquier cosa, incluso los adolescentes.

“No puedo dormir lejos de mi hijo, ni él de mí”, dijo Iris Eufragio desde Rosedale, Maryland, donde ella y su hijo de seis años Ederson viven con amigos mientras se procesa su pedido de asilo. Se fue de Honduras huyendo de la violencia y el Gobierno los separó en la frontera en junio. Se reencontraron por orden judicial después de que el niño pasara un mes en un centro de detención de Phoenix.

El menor ya no disfruta el jardín y no quiere perder de vista a su madre. Además, los carros de policía lo asustan.

Mientras, en Honduras, Baby Johan emite casi todas las noches gritos desgarradores. Se calma cuando su madre menciona a Emily, la trabajadora social que lo atendió mientras estuvo bajo custodia. A veces le muestra videos que la trabajadora les envió para que no se sienta abandonado por ella.

Su padre, Rolando Bueso, no puede con la culpa por habérselo llevado cuando apenas tenía 10 meses. Ahora quiere demandar a EE.UU., pero no tiene los medios para hacerlo ganando $ 10 diarios como conductor de autobuses. “Esto es culpa de ellos”, manifestó.

Isai Valenzuela, guatemalteco de 29 años que se reencontró con su hijo de nueve años el 26 de julio, quisiera poder hacer más para ayudar a su niño. Le gustaría poder contratar a un terapeuta. Sale adelante ayudado por su fe y la Biblia.

“Pensé que cuando nos viésemos estaría feliz, pero me preguntó por qué lo había dejado. Me dijo, ‘me dejaste solo 41 días. No tienes idea de lo que sufrí’”, relató Valenzuela, quien espera noticias de su pedido de asilo en Tennessee.

Profesionales de la salud ofrecieron intervenir, ya que afirman que si se ignora el trauma de los pequeños, las cosas pueden empeorar. (I)

Marcados
No se conocen los efectos a largo plazo que puedan tener en los niños la separación que vivieron, pero algunos estudios indican que un estrés persistente –sobre todo si los padres no están a mano para acompañar a sus hijos– puede alterar la estructura cerebral en regiones que afectan las emociones y regulan el comportamiento.

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